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Allí estabas tú

  • 25 oct 2016
  • 2 Min. de lectura

La angustia y el deseo de verte se apoderaban de mi cuerpo, mi alma te estaba deseando desde hace algún tiempo, mis sentidos comenzaron a imaginarte, tus recuerdos se paseaban en mi mente intentando descifrar lo que sucedería al verte.


Era el momento, mi corazón se aceleraba de solo pensar que estaba a punto de tenerte, que había despertado del sueño y que ya era hora de juntarnos de nuevo. Con la sonrisa implacable, la mirada tan fuerte como el sol en pleno atardecer, allí estabas tú. Convirtiendo la noche en una incomparable, donde las estrellas se juntaban con el sol, aun cuando llegaba la oscuridad de la noche.


Allí estabas tú, para iluminar el instante con el brillo de tu sonrisa, un instante que se hizo eterno, eterno mientras estabas a mi lado, mientras deleitaba mi retina con la armonía de tu rostro, mientras detenía mis suspiros entre tus labio... Era como si el tiempo no hubiera pasado, como aquel día en él te conocí, es como si el mundo se hubiera detenido en un mismo lugar, y ahora, en ese mismo instante en el que te vi, hubiera andado de nuevo.


El tiempo se estaba agotando, mientras contaba cada peca de tus labios, mientras analizaba cada detalle de tu rostro, mientras deleitaba mis oídos con cada palabra de tu voz, mientras allí sentado en un sillón, el mismo en el que estuvimos juntos aquella vez, me perdía en tu mirada y me regocijaba en tu piel.


No quería perderme ni un instante a tu lado, un segundo que perdiera, no iba a ser recompensado. Debía aprovechar cada minuto para hacerte feliz, no podía permitir que se apagara la noche al borrar de tu rostro tu inimaginable sonrisa. Pero tenía que aceptarlo, el tiempo se estaba agotando y era hora de partir, de tomar un vuelo hacia un destino diferente, un destino que me conduciría al vacío, a la lejanía, al dolor de tener que alejarme de ti, de decirle a dios a tus labios, a tu olor y al calor de tu piel.


Tantos deseos de verte para tan poco tiempo, no era justo. Ya el corazón comenzaba a marchitarse como una rosa cuando su dueño la deja de regar. Era necesario hacer un duelo, llorar en silencio mientras sentía que me alejaba de ti, mientras sentía que estabas conmigo pero físicamente, porque tu corazón le latía a otro, a otro que quizás no deba mencionar, pero aunque me duela, hace parte de la historia. Vivimos en un mundo paralelo, mientras tú le entregas tu corazón a otro, el mío se detiene cada vez que no pude ser correspondido. Así funciona el amor, todo es tan desproporcional, que uno no entiende ni que es amar, si ser feliz o sufrir, o si la felicidad y el sufrimiento hacen parte del mismo cuento.


Ahora mientras vivimos en la lejanía cada uno por un camino diferente debo seguir regando el amor, con tus recuerdos, para que no se marchite, para que permanezca vivo, porque aunque me duela no quiero perderte, quiero tenerte, robarme tus labios y tu sonrisa porque mi corazón lo necesita.





“Las mejores cosas de la vida, vienen en pequeñas proporciones”


 
 
 

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